Qué placa base comprar, sin marearse con las especificaciones
El procesador decide el zócalo y el zócalo decide el chipset: a partir de ahí solo queda elegir escalón. Trece placas recomendadas de AMD e Intel, con lo que cuestan aquí y para quién es cada una.
Elegir placa base parece complicadísimo y no lo es. El procesador que quieras decide el zócalo, el zócalo decide qué chipsets puedes usar, y de ahí solo queda escoger el escalón que entre en tu presupuesto. Todo lo demás son especificaciones que, en un equipo para jugar, casi nunca cambian nada.
Abajo están las placas que recomendamos ahora mismo, con su precio en nuestra tienda y el porqué de cada una. Primero las plataformas actuales, que solo admiten DDR5, y al final las que todavía usan DDR4, que con lo que ha subido la memoria han vuelto a tener sentido para algunos montajes.
El zócalo manda
Los Ryzen 9000 van en AM5. Los Core Ultra 200 van en LGA1851. No son intercambiables ni con adaptador ni con buena voluntad, así que una placa B850 con un procesador Intel dentro no arranca, igual que al revés.
De ahí sale la regla general: no compres placa de la generación anterior sin saber lo que haces. AM4 y LGA1700 están cerradas, ya no va a entrar en ellas ningún procesador nuevo, y la placa que compres hoy será la última que uses con ese equipo. En AM5 pasa lo contrario, porque AMD mantiene el zócalo al menos hasta 2027 y el siguiente procesador probablemente entre en la misma placa. Dicho esto, con lo que ha subido la memoria hay un caso en el que esas plataformas viejas sí salen a cuenta, y lo vemos al final.
Si todavía no has decidido el procesador, decídelo antes de mirar placas. Es el orden que evita el error más caro de todos.
Y hay familias que directamente nos saltamos: las A620 de AMD, que recortan de más, y cualquier placa X670 o Z790, que son de la generación pasada.
AMD: qué placa según el chipset
Los precios llevan IGIC y son los de nuestra tienda. Dentro de cada chipset van de menos a más, con lo que se gana al subir.
B840: el suelo de la plataforma
Es el chipset que AMD puso por debajo del B650 para equipos sencillos, y conviene saber lo que recorta: la ranura de la gráfica va a PCIe 4.0 en vez de 5.0 y no permite subir el multiplicador del procesador. La MSI PRO B840M-B, 103 €, monta un Ryzen 9000 sin problemas y para un equipo de trabajo cumple de sobra. Para jugar, pasar al siguiente chipset cuesta diez euros y merece la pena.
B650: el que más se vende
Fue el chipset principal de la generación anterior y sigue siendo buena compra porque ha bajado de precio. Garantiza PCIe 5.0 en la ranura de la gráfica, aunque no necesariamente en los M.2.
Lo más barato con lo que se puede montar un Ryzen 9000 es la Biostar B650MT, 73 €, y conviene saber qué se queda por el camino: un solo M.2, dos ranuras de memoria y la ranura de la gráfica a PCIe 4.0 en vez de 5.0. Para un equipo de trabajo cumple; para jugar, es la que menos recomendamos de toda la guía. Por 113 €, la ASUS Prime B650M-A WiFi II añade lo que casi todo el mundo acaba echando en falta, el inalámbrico. Tiene un pero que ASUS no publica y hay que buscar en los análisis: su alimentación son cuatro fases con transistores sueltos en vez de etapas integradas, y calienta más que la media. Con un Ryzen 5 no vas a notarlo. Con un Ryzen 7 para arriba, busca algo con más alimentación.
Si quieres formato grande, la Gigabyte B650 EAGLE, 134 €, trae una alimentación de 12+2+2 fases, por encima de lo que necesita un Ryzen 7. Y en lo alto del chipset está la Gigabyte B650M AORUS Elite AX ICE, 188 €, micro ATX con WiFi 6E, tres M.2 y doce fases para el procesador, que es la opción cómoda para una caja pequeña.
B850: el chipset actual
Es el relevo del B650 y lo que cambia de verdad es que garantiza PCIe 5.0 también en el M.2 principal, además de tener por delante más años de soporte.
En micro ATX hay tres escalones claros. La entrada es la ASRock B850M-X R2.0, 117 €, con seis fases para el procesador y dos M.2. Cuesta cuatro euros más que la B650 con WiFi del apartado anterior, te pone en la generación nueva y resuelve mejor la alimentación, con etapas integradas en vez de transistores sueltos. No trae inalámbrico; la misma con WiFi son 128 €.
El término medio es la ASRock B850M Pro RS WiFi, 145 €: ocho fases, tres M.2 y WiFi 6E. Es la que más veces acaba saliendo de aquí para un equipo con Ryzen 7.
Y arriba, la Gigabyte B850M AORUS Elite WiFi6E ICE, 199 €, con doce fases y mejores disipadores, aunque se quede en dos M.2. Es la que elegir si el procesador va a ser un Ryzen 9 y la caja no admite ATX.
Que dos de las tres sean ASRock tiene explicación: en esta franja de precio son de las pocas que montan etapas integradas en vez de transistores sueltos, y de ahí sale la diferencia entre una placa que aguanta y otra que se calienta.
Y aquí está la sorpresa de la gama: la ASRock B850 Pro RS, 155 €, monta las mismas 14+2+1 fases y los mismos cuatro M.2 que la Tomahawk MAX de 296 €. Lo que no trae es WiFi ni dos M.2 a PCIe 5.0, solo uno. Si vas a tirar cable de red, es la compra más sensata de todo el artículo.
La MSI B850 Gaming Plus WiFi, 204 €, trae tres M.2 y WiFi 7, y en la alimentación hay que mirar la ficha con lupa. MSI anuncia doce fases, pero las bautiza Duet Rail, que es como llama a emparejar dos etapas dentro de cada fase, y monta transistores sueltos en lugar de etapas integradas. Una comparativa que desmonta estas placas en bloque le cuenta seis fases de verdad. Para un Ryzen 7 va sobrada igual; si el procesador va a ser un Ryzen 9, la ASRock de 155 euros que acabamos de ver alimenta mejor por cincuenta euros menos. Cuidado al comprarla, porque hay dos versiones casi idénticas de nombre: la de WiFi 6E cuesta 184 € y, además de bajar de inalámbrico, lleva la ranura de la gráfica a PCIe 4.0 en vez de 5.0. Son veinte euros de diferencia por dos cosas que no se ven en la caja.
Y arriba del todo, la MSI MAG B850 Tomahawk MAX WiFi, 296 €, que es nuestra recomendación por defecto en montajes serios: catorce fases, WiFi 7 y cuatro M.2, dos de ellos a PCIe 5.0. Aguanta un Ryzen 9 9950X a pleno rendimiento. Son más de cien euros sobre la anterior, así que solo tiene sentido con un procesador de ese nivel o si quieres montar y olvidarte durante años.
X870: solo si trabajas con el equipo
Añade dos cosas sobre B850: un puerto USB4 de 40 Gbps, que acepta dispositivos Thunderbolt 4 y discos externos rápidos, y un segundo M.2 a PCIe 5.0 garantizado. Para jugar no cambia nada, así que si el equipo es solo para eso, quédate en B850.
La entrada es la ASRock X870 Pro RS, 198 €, que renuncia a acabados y a puertos traseros pero mantiene el chipset, con catorce fases y tres M.2. No trae inalámbrico.
La que mejor sale de cuentas es la ASUS Prime X870-P WiFi, 229 €: las mismas catorce fases, con etapas de 80 amperios, cuatro M.2 y WiFi. Por treinta euros sobre la ASRock te llevas el inalámbrico y un M.2 más.
Y arriba está la MSI MAG X870 Tomahawk WiFi, 320 €, con WiFi 7 y dos de sus cuatro M.2 a PCIe 5.0 en vez de uno. Son noventa euros más que la ASUS por esas dos cosas. Si vas a tener dos discos rápidos de verdad trabajando a la vez, se justifica; si no, el dinero rinde más en el propio disco.
Intel: qué placa según el chipset
Antes de entrar en los chipsets, un aviso que no suele estar en las comparativas y que aquí pesa. AM5 tiene recorrido: AMD mantiene el zócalo al menos hasta 2027, así que el procesador que compres dentro de dos años probablemente entre en la placa que montes hoy. LGA1851 no tiene eso. Todo apunta a que se queda en esta generación y en una revisión de los modelos con K, y que la siguiente hornada de Intel, la Core Ultra 400, estrena otro zócalo, el LGA1954, a finales de este año.
No es información oficial de Intel, viene de filtraciones y de sus propias herramientas internas, así que tómalo con esa reserva. Pero si una de las cosas que valoras es poder cambiar solo el procesador dentro de tres años, ahí AMD lleva ventaja. Lo que sí se salva es la refrigeración: Noctua ya ha confirmado que sus disipadores de LGA1700 y LGA1851 sirven también para el zócalo nuevo.
H810: para oficina, no para jugar
Es el chipset barato de LGA1851: dos ranuras de memoria en vez de cuatro, sin overclock de memoria y sin líneas sobrantes para un M.2 rápido. La ranura de la gráfica sí es PCIe 5.0, que ahí no recortan. La ASRock H810M-H cuesta 80 € y la MSI PRO H810M-B, 85 €. Para navegar, ofimática y poco más van perfectas. Si va a entrar una gráfica dedicada, ese dinero rinde mucho más un escalón arriba.
B860: el de los equipos para jugar
Cubre toda la gama Core Ultra 200 sin la K. La más barata es la Gigabyte B860M E, 112 €, micro ATX y sin WiFi. Por 138 €, la ASRock B860M Pro-A WiFi añade inalámbrico y mejor reparto de ranuras, y es la mejor relación calidad-precio de la gama Intel.
En formato grande, la ASRock B860 Pro RS, 150 €, con tres M.2 y sin WiFi; con WiFi son 160 €. Si lo prefieres, una tarjeta PCIe de 25 a 35 euros hace el mismo trabajo y te deja elegir el estándar.
Por 172 €, la ASUS PRIME B860-Plus WiFi trae WiFi 6E y la BIOS más fácil de manejar de las que pasan por aquí, que no sale en ninguna tabla comparativa y se agradece a las dos de la mañana. Y si quieres WiFi 7 sin salir del chipset, la Gigabyte B860 AORUS Elite WiFi7 Ice, 208 €, suma catorce fases y tres M.2.
Z890: solo con procesador K
Es el único chipset de LGA1851 que permite subir el multiplicador del procesador. La MSI MAG Z890 Tomahawk WiFi, 319 €, lleva dieciséis fases, WiFi 7 y cuatro M.2, y aguanta un Core Ultra 9 285K al máximo sin que la alimentación se caliente de más. Con un procesador sin K, este dinero no devuelve ni un fotograma.
Mini-ITX, el formato caro
En AMD la opción contenida es la MSI B850I Edge TI WiFi, 290 €, y por encima está la ASUS ROG Strix B850-I Gaming WiFi, 338 €, que reparte bastante mejor el aire dentro de una caja pequeña. Las dos cuestan más que una micro ATX de 150 € y ofrecen menos, dos M.2 y dos ranuras de memoria en lugar de cuatro. El sobreprecio es por el tamaño.
En Intel, para LGA1851 no tenemos ninguna mini-ITX, y es que el formato va muy escaso en esta plataforma. Lo que verás en catálogo son modelos de LGA1700, la generación anterior, que es justo la que no conviene comprar hoy. Si quieres un equipo pequeño con Core Ultra, pregúntanos y lo traemos por encargo.
La otra opción: placas de DDR4
Todo lo anterior son plataformas que solo admiten DDR5, y ahí está el problema para mucha gente. Hoy, en nuestra tienda, 32 GB de DDR4 arrancan en 285 € y los mismos 32 GB en DDR5 se van a 429 €. Son 144 € de diferencia, bastante más de lo que cuesta la placa en la que los vas a montar.
Con esos números, quedarse en DDR4 deja de ser cosa de tacaños. Si ya tienes memoria de un equipo anterior, o si lo que montas es un equipo de trabajo donde la última generación no aporta gran cosa, hay dos plataformas donde la DDR4 sigue viva: AM4 en AMD y LGA1700 en Intel.
Antes de entrar, el aviso: las dos están cerradas. AM4 terminó en los Ryzen 5000 y LGA1700 en la decimocuarta generación de Intel. El procesador que montes hoy es el último que vas a poder montar en esa placa, así que esto se compra sabiendo que dentro de unos años la mejora será cambiar el equipo entero. A cambio, hoy te cuesta bastante menos.
AMD, zócalo AM4
El chipset A520 es el suelo: la Gigabyte A520M K V2, 50 €, cinco fases y un único M.2 a PCIe 3.0. Vale para un equipo de oficina con un Ryzen 5 modesto y poco más.
Para cualquier cosa con gráfica dedicada, el chipset que interesa es B550, que sube el almacenamiento a PCIe 4.0. La ASRock B550M-HDV cuesta 79 € y la ASUS Prime B550M-K, 83 €. Las dos llevan la misma alimentación, cuatro fases para el procesador y dos para el resto, pero la ASUS trae dos M.2 en vez de uno por cuatro euros más. Entre esas dos, la segunda.
Intel, zócalo LGA1700
Aquí el reparto se parece al de la gama actual. La MSI PRO H610M-E DDR4, 60 €, es la de oficina: seis fases y un M.2 a PCIe 3.0.
Para jugar hay que subir a B760. La Gigabyte B760M DS3H DDR4, 95 €, con seis fases para el procesador y dos M.2 a PCIe 4.0, es la que mejor equilibrio tiene de las tres. Y si necesitas inalámbrico está la Gigabyte B760M Gaming Plus WiFi DDR4, 120 €, aunque conviene saber lo que estás comprando: trae WiFi 6, pero baja a cuatro fases, así que el sobreprecio se te va en la antena.
Cuándo no hacer esto
Si el equipo es para durar y vas a comprar la memoria nueva de todas formas, el ahorro se encoge y la plataforma cerrada pesa más. Y si el procesador que quieres es de los grandes, en AM4 y LGA1700 ya no hay nada por encima de lo que había en 2022, así que te estarías gastando el dinero en una base que no va a crecer.
El cálculo honesto es este: suma lo que te ahorras en memoria, réstale lo que pierdes en rendimiento y en recorrido, y mira si sales ganando. Con 144 € de diferencia y una memoria que ya tienes en casa, muchas veces sí. Comprándolo todo nuevo, casi nunca.
Qué mirar en la ficha
De todo lo que pone en la caja, para jugar importan cuatro cosas.
Cuántos vatios admite la placa
Esto sí sigue vigente, aunque ya no venga escrito en la caja como antes. No todas las placas están preparadas para el mismo procesador, y el límite lo marcan dos cosas: el chipset y la alimentación que haya montado el fabricante.
El ejemplo claro está en la gama baja de AMD. Las placas A620 están pensadas para procesadores de 65 vatios, con un pico de 88. De B650 para arriba la cosa sube hasta 170 vatios de procesador y picos de 230, que es lo que necesita un Ryzen 9 cuando va a tope. De ahí que en esta guía no veas ninguna A620 recomendada: no es que sean malas, es que se quedan sin margen en cuanto el procesador sube de gama.
Si te equivocas, el equipo arranca igual, y ahí está el engaño. Funciona y rinde bien en pruebas cortas. Lo que ocurre es que el procesador no mantiene su frecuencia máxima tanto tiempo, porque la placa recorta la potencia que le entrega para no pasarse. El cliente ve un equipo que empieza rápido y se va apagando según calienta, y acaba pensando que el procesador es malo cuando el cuello estaba en la placa.
El voltaje ya no se elige, pero la BIOS sigue mandando
Quien montara equipos hace veinte años se acordará de mirar el voltaje antes de comprar nada. Había que configurarlo a mano, con puentes en la placa, y un procesador podía encajar en el zócalo y aun así no funcionar porque la placa no daba la tensión que pedía. Eso se acabó: hoy el procesador le dice a la placa qué voltaje necesita, en cada momento, y la placa se lo da. No hay nada que elegir ni que comprobar.
Conviene mirar, en cambio, la versión de la BIOS. Una placa del mismo zócalo y del mismo chipset puede no arrancar con un procesador más nuevo hasta que se le actualiza el firmware, y ahí sí que te quedas con el equipo montado y sin imagen. Por eso conviene que la placa traiga la función de actualizar la BIOS sin procesador ni memoria, que ASRock y MSI llaman Flashback y Gigabyte Q-Flash Plus. Casi todas las de esta guía la llevan; es de las primeras cosas que miramos cuando entra un montaje por la puerta.
Y que la placa decida los voltajes tampoco significa que siempre acierte. En 2023 hubo un caso sonado en AM5: varias placas estaban dando a la línea del SoC más tensión de la que AMD contemplaba, y unos cuantos Ryzen 7000X3D se achicharraron llevándose el zócalo por delante. AMD lo corrigió limitando por firmware esa tensión a 1,3 voltios, y obligó a actualizar. Conclusión para quien compra hoy: la BIOS al día no es manía de técnico.
Las fases, o por qué 14+2+1 no son diecisiete cosas
Es el dato que más aparece en las tablas y el que menos se explica. El procesador no puede beber directamente los doce voltios que llegan de la fuente: necesita algo más de un voltio, y lo necesita limpio y sin altibajos. De eso se encarga la alimentación de la placa, y cada fase es una de esas etapas que transforman la corriente.
Cuando ves 14+2+1 no son diecisiete fases para lo mismo. El primer número es el que importa, las que alimentan los núcleos del procesador. Los otros son para la parte gráfica integrada y para el controlador de memoria, que consumen mucho menos. Así que una placa de 14+2+1 y otra de 8+1+1+1 no se comparan sumando: se comparan por el primer número.
Y no todas las fases están hechas igual, que es la otra mitad del asunto. Una fase necesita dos transistores y un controlador que los gobierne. En las placas baratas van sueltos, cada pieza por su lado sobre el circuito. En las buenas van los tres metidos en un solo encapsulado, que el sector llama DrMOS, o etapa de potencia inteligente cuando además mide su propia temperatura y corriente.
La diferencia no es de marketing. Al estar juntos, el camino que recorre la corriente es más corto, se pierde menos energía por el camino y el conjunto se calienta bastante menos para entregar lo mismo. Por eso una placa con ocho fases en DrMOS puede aguantar más que otra con diez sueltas, y por eso en la guía recomendamos alguna placa cuatro euros más cara que su rival: no es capricho, es que una lleva etapas integradas y la otra no.
Cómo distinguirlo sin ser ingeniero: el fabricante lo presume cuando lo tiene. Si en la ficha pone DrMOS, SPS o un amperaje por fase (50, 60, 80 amperios), son integradas. Si no dice nada de eso y solo da un número de fases, suelen ser transistores sueltos.
Más fases significa que cada una trabaja menos, se calienta menos y entrega una tensión más estable. Eso importa cuando el procesador tira de verdad: todos los núcleos a tope, media hora seguida. Si la alimentación va justa, se calienta, y cuando se calienta el procesador baja de frecuencia para protegerse. Se nota como un equipo que rinde bien al principio y peor cuando lleva un rato.
Lo que necesitas, en corto. Con un Ryzen 5 o un Core Ultra 5, de seis a ocho fases para el procesador van sobradas. Con un Ryzen 7 o un Core Ultra 7, mejor diez o doce. Si el equipo lleva un Ryzen 9 o un Core Ultra 9 y además lo vas a exprimir, busca catorce o más y comprueba que lleven disipador encima, que es la otra mitad del asunto.
Y aunque lo parezca, de las fases no sale una cifra exacta de vatios. Catorce etapas de ochenta amperios dan sobre el papel una corriente a la que ningún procesador se acerca; el calor se rinde mucho antes que el número. Dos placas con las mismas ocho fases aguantan cosas distintas según el disipador que lleven encima, las capas de cobre del circuito y el aire que les llegue dentro de tu caja. Los análisis serios lo miden poniendo la placa a sufrir media hora, en lugar de calcularlo, y nosotros preferimos hablar de gama de procesador antes que de un número de vatios.
Un apunte más: para jugar, esto casi nunca es el límite. En un juego, el procesador rara vez va a tope en todos los núcleos. Las fases se vuelven importantes al renderizar, comprimir vídeo o compilar, no al jugar.
Las ranuras M.2. Una es imprescindible y dos cubren a casi todo el mundo. Lo que no hace falta es pagar de más por tener varias a PCIe 5.0: en tiempos de carga de juegos la diferencia con PCIe 4.0 no se nota. Eso cambia si trabajas con archivos muy grandes.
El WiFi. No todas lo traen, sobre todo las baratas. Si lo necesitas, mira el estándar: WiFi 6 cumple, 6E añade la banda de 6 GHz y va más despejada, y WiFi 7 sube el techo. Aun así, si puedes tirar un cable de red hasta el equipo, tira el cable.
La memoria. Tanto AM5 como LGA1851 usan DDR5 obligatoriamente. No existe ninguna placa de estas dos plataformas que admita DDR4, así que la que tengas de un equipo anterior no vale. Lo decimos claro porque es la pregunta que más se repite en el mostrador cuando alguien renueva: la memoria no se hereda.
Donde sí se podía elegir era en la generación anterior de Intel, la LGA1700, que convivió con los dos tipos. Comprar hoy una de esas para reaprovechar la memoria sale mal: te ahorras los cien euros de la DDR5 a cambio de meterte en una plataforma cerrada, sin procesadores nuevos a los que saltar.
En cuanto a velocidad, en AMD el punto dulce está en DDR5-6000. Intel es bastante menos sensible a la frecuencia.
El tamaño, que es lo que decide si entra
ATX mide 305 por 244 milímetros y es el estándar: de tres a siete ranuras de expansión, de tres a cinco M.2 y sitio para trabajar. Micro ATX se queda en 244 por 244, con dos a cuatro ranuras, y cabe tanto en cajas pensadas para ella como en las de ATX, así que elegirla no te cierra puertas. Mini-ITX son 170 por 170, una sola ranura de expansión y uno o dos M.2.
Para un primer montaje, ATX, y no por las ranuras de expansión: por el espacio para las manos. Colocar el procesador, encajar la memoria y pasar los cables se hace mucho más llevadero cuando hay sitio. El mini-ITX es una decisión consciente de quien quiere un equipo pequeño y acepta pagar más por menos.
Lo que vemos en el taller
Elegir mal el chipset no suele costar caro: como mucho te quedas sin una función que igual ni usabas. El error que duele es otro, pedir una placa de un zócalo que no es, montar el procesador encima y descubrir que no encaja. Con la caja abierta y la pasta térmica puesta, la devolución ya no es tan fácil, y ahí se va una semana.
Por eso, antes de pedir nada, dinos qué procesador vas a poner y para qué va a ser el equipo. Comprobamos que zócalo, chipset, memoria y caja encajan entre sí, y si algo no cuadra lo sabrás antes de pagar.